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En El Limbo

El Limbo es el período comprendido entre el 26 y el 30 de diciembre, aunque su efecto se extiende del 25 al 31. Son esos días que son al mismo tiempo rápidos y lentos, nostálgicos y letárgicos, y que parecen suspendidos en el tiempo, casi casi como si no contaran, y como si todo lo que en ellos sucede, fuera un poco como un apartado de la realidad. Los dan libres en todas las escuelas y en muchas empresas, y mucha gente se los toma de todos modos. En tremendo contraste con el frenesí sentimental de la semana de Navidad, que llena las calles y los lugares públicos de gente emocionada y acelerada, El Limbo los vacía, o los llena con gente que parece estar todavía un poco atarantada y recuperándose de los excesos.







Sé de mucha gente a la que no le gusta El Limbo. A mí me encanta. A toda la gente que no ves en todo el año le entran ganas de verte, unos se van de vacaciones pero llegan otros a obsequiarte restos de sus cenas navideñas, o de algún platillo que acaban de cocinar, porque quién sabe por qué, El Limbo borra todo pudor culinario: gente que nunca antes lo ha hecho, hornea galletas, amasa y unta tamales, o hasta se lanzan a la aventura de intentar hacer pozole. Las posadas ya pasaron, pero por estos días se reciben muchos contactos de gente que  te quiere ver pero nunca se alinean los astros. El tiempo parece transcurrir más lentamente, y aunque ya no nos acompaña el Titanic de DiCaprio con la voz doblada en XHGC como cada año de la década pasada, acampamos frente a la televisión con montañas de comida y lagos de cerveza, y nos dejamos llevar por esa dulce languidez soporífera y plácida que en otro tiempo no nos permitimos, por lo menos, no sin culpa. No importa. Acaba de pasar la Navidad, que indica apenas el comienzo de la segunda mitad del maratón Guadalupe - Reyes. La ciudad está todavía decorada, los trámites detenidos, los jefes contentos. Ya llegará enero. Entonces volveremos a la realidad. Pero no antes.







Ese, creo yo, es el encanto de El Limbo. El Limbo incluye una licencia para detener, por unos días, la realidad, y escapar de ella. Con las excepciones de la enfermedad y la muerte, que solamente juega bajo sus propias reglas, todo en estos días es evasión y gozo.

Intento pensar en por qué la implacable mercadotecnia no ha ultrajado y exprimido El Limbo hasta el cansancio, como todas las cosas buenas, pero no tardé mucho en comprenderlo: El Limbo, para conservar su esencia, se tiene que vivir casi como si no estuviera ahí. Si intentas capturarlo, se te escapará como jabón entre las manos. Del Limbo no se habla: El Limbo se come, se bebe, se ríe, se recuerda, se olvida. El Limbo se vive.


En unos días, los ornamentos y luces desaparecerán de las casas. Se acabarán las tandas de tamales, no habrá más regalos que abrir, y sí impuestos que pagar. Pero ahora, como dicen los apóstoles en Jesucristo Superestrella, quremos ahogar nuestras tribulaciones en un estanque de pereza y vino, y que no nos molesten. Hasta que la noche se vielva día, hasta que diciembre se vuelva enero, la vida es bella.










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